Miro fijamente el espacio vacío donde hace unos instantes flotaba el temporizador de mi interfaz, sintiendo cómo una mezcla de bilis y rabia pura me sube por la garganta.
—A ver, veamos qué otra maldita misión puedo hacer... —murmuró entre dientes, arrastrando las palabras con una profunda frustración que me hace vibrar las cuerdas vocales.
¡Qué maldita impotencia! Ese infeliz arrogante de alas blancas, con esa entrada violenta y su desprecio, no sólo me arrojó al suelo, sino que arruinó por completo mi gran momento en el último segundo. Todo mi esfuerzo, todos los segundos de tortura que pase soportando un frío que me calaba los huesos, mi fuerza de voluntad para quedarme completamente inmóvil como una estatua... todo se fue al demonio por su culpa. Y para empeorar aún más las cosas, la interfaz parpadea con un mensaje despiadado: no puedo volver a intentar la misión de la «Estatua del Guardián» hasta que el tiempo de espera del sistema termine. Tengo un bloqueo de cooldown de dos días enteros. Cuarenta y ocho horas varada en este infierno helado sin poder recurrir a la tarea más sencilla de la lista.
Exhalo un suspiro tembloroso, viendo cómo el vaho de mi respiración se congela casi al instante en el aire lúgubre de la habitación. Intento buscar una alternativa. Mis ojos escanean mentalmente las seis misiones flotantes que quedan en el panel secundario, pero la realidad cae sobre mí como un balde de agua helada. Casi todas las misiones restantes requieren obligatoriamente que salga al exterior. Para aplastar los bloques de hielo, para limpiar las telarañas de escarcha o para moldear las bolas de nieve perfectas, necesito estar afuera, en ese desierto blanco e implacable. Pero hay dos problemas monumentales: primero, me estoy congelando de frío incluso dentro de estas cuatro paredes; y segundo, estoy completamente encerrada bajo llave.
Me abrazó las rodillas con fuerza, encogiéndome sobre mí misma mientras el pánico y la soledad de este confinamiento empiezan a distorsionar mis pensamientos. La falta de contacto humano y la desesperación de estar atrapada en el cuerpo indefenso de una niña de cinco años hacen que mi mente adulta busque un mecanismo de escape, una forma de romper el silencio sepulcral de esta prisión. Sin darme cuenta, empiezo a hablar en voz alta, dividiendo mis pensamientos en una conversación bidireccional conmigo misma, solo para escuchar un sonido que no sea el silbido del viento exterior.
—A ver, es cierto... Yo soy la que está atrapada aquí —digo, escuchando mi propia voz infantil y aguda resonar contra las tablas astilladas—. Todas las misiones que me darían experiencia están en el exterior, pero no tenemos forma de salir de este cuarto. ¿Cómo se supone que hagamos algo así?
—¿Y qué voy a saber yo? —me respondo de inmediato a mí misma, usando un tono sarcástico y amargo—. Si no lo sabes tú, que se supone que eres la mente brillante que jugaba esto en la computadora, menos lo sabré yo. Somos la misma persona, idiota. No me pidas milagros.
—Oh, entiendo... Bueno, tienes razón. Qué panorama tan alentador. Te dejo entonces, no tengo ganas de discutir —repliqué, cerrando los ojos con cansancio.
—¡Oye, espera! ¿A dónde vas? ¡No me dejes sola en este rincón! —suelto en un gemido de falso drama, antes de que una risita involuntaria escape de mis labios—. Jajaja... Qué estúpida soy. ¿Cómo me vas a dejar si somos la misma persona? Jajaja.
La risa se apaga lentamente, dejando un eco vacío y triste en la estancia. Me pasó una mano pequeña por el rostro, limpiando un rastro de suciedad.
—Ajaa... Genial. Ahora oficialmente hablo sola y me hago chistes a mí misma, jaja —suspiro, dejando caer la cabeza hacia atrás—. Pero bueno, ¿qué más da? No tengo a nadie más con quien hablar en este agujero, ni tengo absolutamente nada que hacer. Así que hablar conmigo misma es lo único que me separa de volverme loca por completo.
Sin embargo, la diversión forzada no soluciona mi situación técnica. Necesito urgentemente salir de aquí, o de lo contrario seré incapaz de cumplir con las directrices del sistema. Si no hago misiones, no ganaré experiencia, y si no gano experiencia, jamás podré subir de este horrible, humillante y peligroso nivel uno. En un universo tan hostil como EndGard, ser un nivel uno de clasificación Cuarzo es una sentencia de muerte implícita; cualquier peligro me borraría del mapa sin el menor esfuerzo.
—Bueno, ya basta. Ya jugué conmigo misma todo lo que debía jugar para distraer la mente —me digo, forzándome a recuperar la seriedad—. Ahora realmente debería concentrarme y ver qué puedo hacer con los recursos que tengo a la mano. Veamos...
Dejo caer mi pequeño cuerpo hacia atrás, acostándome boca arriba sobre la superficie incómoda de la cama de paja. Siento cómo las briznas secas se clavan a través de los harapos húmedos que llevo por ropa. Tras unos segundos de frustración contemplando el techo de madera agrietada, me reincorporo lentamente y me siento de nuevo, acurrucadita, encogiendo mi frágil cuerpito lo más que puedo para retener el calor corporal dentro de esa manta mugrienta, delgada y completamente impregnada de un desagradable olor a moho y abandono.
—Bueno, pensemos con lógica de jugador. Veamos qué misión puedo cumplir por ahora, algo que pueda realizar dentro de este espacio cerrado y que no requiera un esfuerzo físico descomunal... —murmuro, analizando mis opciones.
Antes de que pueda formular una estrategia o repasar la lista de tareas, un sonido extraño, profundo y cavernoso rompe el silencio de la habitación. Proviene directamente de mi propio torso. Al instante, una expresión de profunda tristeza y desamparo invade mi rostro; mi estómago está rugiendo violentamente, doliendo por una falta extrema de alimento. No es una simple sensación de apetito; es la debilidad biológica de un cuerpo de cinco años que está muriendo de hambre. El dolor es tan agudo y el vacío tan debilitante que siento cómo las pocas energías que me quedaban se drenan por completo. Ya no tengo fuerzas ni para ponerme de pie, mucho menos para intentar una misión que requiera el más mínimo esfuerzo físico o destreza.
Intento moverme, pero mi cuerpo se tambalea pesadamente de un lado a otro, desequilibrado por la falta de glucosa y por el peso muerto de las alas prismáticas e incompletas que se arrastran detrás de mí. Apoyo las manos en las tablas crujientes de la cama, respirando hondo varias veces hasta que, con un gran esfuerzo de voluntad, logro ponerme un poco firme y dejo de tambalearme.
Me quedo completamente inmóvil, obligando a mi cerebro a trabajar a pesar de la neblina del cansancio. Necesito comer. ¿En qué lugar de este cuarto minúsculo podría haber comida o algo que llene este vacío abrasador? Mis ojos escanean las esquinas vacías, el polvo, los tablones de la ventana... nada. Entonces, un recuerdo amargo cruza por mi mente. El hombre elegante de ropas pulcras que había irrumpido antes con una patada. Recuerdo la frialdad de su mirada de asco, el movimiento de su brazo y el sonido de su voz textualmente cargada de odio cuando arrojó el plato oxidado y me siseó a la cara: «Esta es tu comida, fenómeno».
Ese maldito infeliz... Lo que se suponía que era el único sustento para mantener con vida este cuerpo, lo arrojó directamente contra el suelo sin la menor pizca de piedad.
—Qué asco... —susurro, sintiendo una oleada de humillación que me quema por dentro.
Desvío la mirada hacia el suelo de madera, a unos pasos de la cama. Allí, esparcida sobre las tablas sucias, cubiertas de polvo y escarcha congelada, se encuentra una masa espesa, viscosa y grisácea que despide un olor rancio y repulsivo. El frío ambiental ha comenzado a solidificar los bordes de la sustancia, mezclándola con la mugre del piso.
Eso que está ahí... esa porquería tirada en el suelo es mi supuesta comida. Es repugnante, va en contra de cualquier pizca de dignidad de mi mente, pero mi realidad biológica es aplastante: si no consumo calorías pronto, este cuerpo infantil colapsará por inanición.
Haciendo acopio de la última pizca de vitalidad que le queda a mis debilitados músculos, me deslizo fuera de la cama de paja, dejándome caer pesadamente sobre el suelo helado. El impacto me saca un gemido, pero no me detengo. Apoyo las palmas de mis manos diminutas y mis rodillas desnudas sobre las tablas ásperas y comienzo a gatear poco a poco, arrastrando mis maltratadas alas prismáticas, centímetro a centímetro, en una penosa travesía hasta que finalmente llegó al sitio exacto donde se encuentra la sustancia derramada.
Me quedo de rodillas, contemplando el charco viscoso a escasos centímetros de mi rostro. La estampa es tan patética y degradante que mi resistencia psicológica se quiebra por completo. Me descubro llorando de nuevo, pero esta vez no es un llanto silencioso; lloro como un bebé descontrolado, emitiendo sollozos ahogados que raspan mi garganta infantil. Las lágrimas, calientes y copiosas, brotan lentamente de mis mejillas y caen de forma inevitable, una a una, disolviéndose directamente sobre la superficie de la comida rancia y contaminada.
—Bueno... si no me lo como, moriré de hambre de todos modos. No tengo otra opción —me digo a mí misma, tragándome el orgullo y el asco en un acto de pura supervivencia.
Inclino el cuello hacia adelante, acercando mis labios al suelo congelado, y comienzo a comer la porquería tirada en las tablas sucias, forzándome a tragar la textura pastosa y el sabor amargo que me revuelve el estómago instantáneamente.
En el segundo exacto en que la primera porción de la sustancia pasa por mi garganta, un zumbido agudo resuena en mis oídos y el panel flotante de la interfaz aparece de golpe justo frente a mis ojos, iluminando la penumbra del cuarto con un brillo parpadeante. Sin embargo, esta vez no es el menú azul habitual; la pantalla parpadea con violencia, mostrando letras de un color rojo sangriento que lanzan una alerta de emergencia: la comida que estoy ingiriendo es altamente tóxica, y el sistema me advierte explícitamente que si continúo consumiéndola, sufriré una falla orgánica total y moriré a causa de los componentes químicos y el veneno que contiene.
—¿Qué... que es esto? —pienso, deteniéndome un segundo con la respiración entrecortada y la boca manchada—. ¿Esta porquería está envenenada a propósito? ¿Por qué? ¿Por qué me odian tanto en este lugar? ¿Qué hizo este cuerpo para merecer esto?
El pánico intenta paralizarme, pero la punzada de vacío en mis entrañas me recuerda la alternativa. Miro el mensaje rojo y una risa amarga y desesperada cruza por mi mente.
—¿Qué más da si tiene veneno? Si no como esto ahora mismo, moriré de hambre de todas formas en unas horas. Así que no importa... ¡Ese estúpido veneno no me va a detener! —pienso con terquedad.
Ignorando la advertencia explícita del panel, vuelvo a inclinar el cuello hacia el suelo y continúo devorando la sustancia pegajosa. Al detectar mi insistencia y el daño auto infligido, la interfaz de EndGard entra en un estado de histeria algorítmica. El panel original se duplica y comienzan a aparecer de forma consecutiva cerca de cinco paneles flotantes de color rojo brillante, parpadeando al mismo tiempo y apilándose en mi campo de visión, repitiendo de manera insistente que mis puntos de vitalidad están cayendo y que la muerte por intoxicación es inminente si no me detengo.
No les prestó la menor atención. Continúo tragando de manera mecánica hasta que terminó de consumir la última porción de la porquería del suelo. Justo cuando limpio los restos de mis labios, el efecto químico del veneno golpea mi sistema nervioso con la fuerza de un camión.
Un mareo súbito y abrumador me hace perder la noción de la verticalidad; el cuarto entero empieza a dar vueltas a una velocidad vertiginosa, mucho más que antes. Al mismo tiempo, un dolor espantoso, agudo y lacerante desgarra mi estómago, como si mil agujas calientes estuvieran perforando mis órganos internos desde adentro.
—¡Ahh!... ¿Qué es esto?... Es el efecto del veneno... duele demasiado... —grito internamente, mientras lloro de puro dolor físico, retorciéndome sobre las tablas heladas y presionando mis pequeñas manos contra mi abdomen en un intento inútil de contener las punzadas.
El sufrimiento es demasiado severo para el frágil soporte biológico de una niña de cinco años. Siento cómo la consciencia se me escapa, tiñendo los bordes de mi visión de un negro denso. Justo un instante antes de quedar completamente inconsciente, mis ojos logran captar un destello parpadeante; un panel completamente distinto a las pantallas rojas de advertencia aparece en el centro de mi vista, pero debido al desmayo inminente y a las lágrimas, la imagen se vuelve borrosa y borrascosa, impidiéndome leer los caracteres con claridad. Mi cuerpo se destensa y caigo pesadamente hacia un lado, quedando tendida e inmóvil sobre el suelo mugriento.
Sin embargo, mi mente no se apaga por completo; en lugar de la nada, mi conciencia se sumerge en un profundo y oscuro espacio mental donde comienzo a pensar y a percibir mi propia identidad. En este vacío incorpóreo, me visualizo a mí misma no como la niña indefensa de alas rotas, sino con mi apariencia real, una mujer de diecinueve años, con un cuerpo bien estructurado, de buena figura y rasgos maduros. Sin embargo, la silueta parpadea y se disuelve en los bordes, volviéndose una imagen borrosa debido a que mis propios recuerdos terrenales se sienten cada vez más distantes y fragmentados desde que llegue aquí.
—Ahh... ¿Qué es esto? ¿Dónde demonios me encuentro ahora? —me pregunto, contemplando mis manos místicas en la oscuridad—. Ah... cierto. Ya lo recuerdo. Me mori. Acabo de morir intoxicada por culpa de esa porquería envenenada que me obligué a tragar.
Una oleada de profunda amargura y resentimiento inunda mi espacio mental, haciéndome repasar los pocos acontecimientos que he vivido desde que desperté en EndGard.
—¿Por qué demonios me tienen que tratar tan mal en este maldito lugar? —pienso, sintiendo cómo la frustración se transforma en odio puro—. Primero despierto en un cuarto helado, luego viene ese infeliz a golpearme y humillarme, y ahora me intoxican con comida podrida... No entiendo nada. No sé por qué aparecí en este estúpido mundo de fantasía, ni sé en qué cuerpo me metieron. Lo único que quería desde el principio era estar en paz, encontrar un lugar tranquilo donde nadie me molestara ni me exigiera nada... pero parece que nunca lo consigo, ni aquí ni en ningún lado.
En ese instante, como respuesta a mi crisis existencial, una serie de proyecciones luminosas comienzan a materializarse en la oscuridad de mi mente.
—¿Qué es esto?... Son... son mis recuerdos de la Tierra —comprendo, viendo cómo las imágenes se despliegan frente a mí como pantallas de cine del pasado.
Las escenas muestran con una fidelidad dolorosa cómo era mi vida diaria antes de aparecer dentro del videojuego. El recuerdo me abofetea con la cruda realidad de mi existencia anterior: en mi mundo original, la situación no era muy diferente a la de esta prisión. Todos a mi alrededor me criticaban sin cesar, se burlaban de mis esfuerzos, me menospreciaban y abusaban de mí emocionalmente aprovechando mi falta de carácter y mi aislamiento. En la Tierra era una paria, una maldita débil a la que pisoteaban de la misma forma en que este mundo está intentando pisotear e insultar a la pequeña Astraea.
—Nada cambia... —digo en el vacío, rompiendo a llorar con una mezcla de tristeza y rabia contenida—. Absolutamente nada cambia en ningún lugar. Siempre es la misma maldita historia, la sociedad entera y los que se creen poderosos tratan a los más débiles como si fueran basura inservible que pueden desechar a su antojo.
El dolor del llanto transmuta rápidamente en algo mucho más oscuro y peligroso dentro de mi alma. Una determinación de hierro, forjada por el rencor acumulado de dos vidas de humillaciones, se enciende en mi pecho.
—Por eso los odio... ¡Los odio a todos con toda mi alma! Jamás los perdonaré por todo lo que me han hecho, ni a los de allá ni a los de este mundo. Si el destino, el sistema o lo que sea me da una sola oportunidad más de ponerme en pie, juro que los haré pagar a cada uno de ellos. Haré de este mundo un lugar diferente, un lugar donde no exista la discriminación ni las injusticias estúpidas contra los que no pueden defenderse... ¡Los mataré a todos los que abusen de su poder, y los haré pasar exactamente por el mismo dolor y la misma humillación por la que yo pasé! Estoy completamente segura de que la dueña original de este cuerpo, de que Astraea, también querría exactamente eso.
Aprieto mis puños espirituales en la oscuridad, dejando que la promesa se grabe a fuego en mi conciencia.
—Voy a subir mi nivel... no me importa lo que tenga que hacer. Subiré hasta alcanzar un nivel tan absurdamente alto y poderoso en el que absolutamente nadie en este universo tenga el derecho o el poder de juzgarme, mirarme por encima del hombro o volver a encerrarme. Voy a cambiar este mundo de mierda por completo. No me importa cuánto tiempo tarde, no me importa cuánto dure este sufrimiento ni los obstáculos que me pongan enfrente; ¡juro por mi propia existencia que lo haré sin importar nada ni nadie!
Comienzo a gritar con todas mis fuerzas en mitad de la nada, descargando toda la furia que llevaba guardada en el corazón, hasta que de golpe, mis propias palabras resuenan con un eco vacío y me quedo en silencio. Una punzada de fría lógica detiene mi arrebato emocional.
—Oh... espera un segundo —pienso, dejando caer los brazos a los lados—. ¿Por qué demonios estoy diciendo todo esto con tanta pasión si se supone que ya estoy muerta? Qué ironía tan estúpida. Aunque grite, jure venganza y pataleé todo lo que quiera en este vacío, jamás se cumplirá nada de lo que digo ni tendré la oportunidad de volver a revivir. Los muertos no suben de nivel.
Me quedo flotando en la penumbra, analizando la situación con la mente fría de un jugador que intenta comprender las reglas de un bug en el sistema.
—Pensándolo bien ahora... ¿Realmente me morí en mi mundo original antes de aparecer aquí, o qué demonios sucedería con mi cuerpo? —me cuestiono, intentando rearmar el rompecabezas de mi transferencia—. Porque técnicamente es imposible e ilógico que haya aparecido en este universo de EndGard por puro arte de magia y ya, sin ninguna explicación científica o técnica detrás. Hubo un destello en mi monitor mientras jugaba, y luego esto...
De repente, antes de que pueda terminar de formular mi hipótesis con claridad, la oscuridad del espacio mental se agrieta. Una luz blanca, cegadora y purísima brilla desde el fondo del vacío, expandiéndose a una velocidad brutal hasta engullir mi silueta, arrancándome del letargo de la inconsciencia de forma violenta.
Despierto de golpe, abriendo los ojos de par en par mientras mi pecho se eleva en una bocanada de aire desesperada. El frío extremo del cuarto me golpea la cara como una bofetada de realidad, devolviéndome instantáneamente al dolor físico.
—¡Ay... mi cabeza!... —exclame, llevando una de mis manos diminutas a la sien, sintiendo un dolor punzante y sordo que me hace parpadear con dificultad—. ¿Qué... qué pasó? ¿No... no me morí?
Estoy tumbada exactamente en la misma posición sobre las tablas ásperas del suelo, rodeada por la penumbra de mi celda de madera. Mis lágrimas, calientes y mezcladas con la frustración del desmayo, caen suavemente sobre mis mejillas y resbalan por mi barbilla.
—Ah... de verdad estoy llorando... —murmuro, limpiándome los ojos con el dorso de mi pequeña mano sucia—. Un momento... ¿Qué es esto?
Directamente frente a mi rostro, flotando con un brillo azul pálido y sereno que contrasta con el rojo violento de las alertas anteriores, se encuentra un panel rectangular de la interfaz perfectamente nítido. Acerco la mirada, parpadeando para aclarar la visión, y leo los caracteres tipográficos que parpadean con suavidad:
[NUEVA HABILIDAD PASIVA CONSEGUIDA: RESISTENCIA TÓXICA Nv 1]
Me quedo con la boca entreabierta, contemplando las letras luminosas mientras un chispazo de adrenalina y emoción pura recorre mi espina dorsal, disipando parte del dolor de mi estómago.
—¿Qué? ¿Qué es esto?... ¡Mi primera habilidad activa dentro del sistema! —exclamé con una sonrisa incrédula, sintiendo una oleada de emoción que me infla el pecho—. ¡No lo puedo creer! ¡Sobrevivir a ese veneno me otorgó una habilidad de resistencia! Qué increíble... Y si obtuve una habilidad de este calibre por superar una crisis de muerte, eso significa que también mi nivel debió incrementarse por la experiencia del peligro, ¿verdad? ¡A ver!
Me incorporo sobre mis rodillas, aclarando la garganta infantil para dictar el comando de voz con la mayor firmeza posible
—¡Abrir panel de control!
El sistema responde de inmediato al comando sonoro con un zumbido electrónico y expande el panel rectangular principal frente a mí, revelando las líneas de datos de mi personaje. Deslizo los ojos rápidamente hacia la sección superior, buscando con desesperación el cambio numérico que confirme mi progreso, pero mi entusiasmo choca de frente contra una realidad fría y decepcionante.
—¿Qué?... No... ¡No puede ser! —chillo, agarrándome la cabeza con incredulidad—. ¿Por qué? ¿Por qué sigo siendo el maldito nivel uno?
Las letras flotan imperturbables ante mi queja, mostrando mi cruda realidad estadística en este mundo de rol:
MUNDO FANTÁSTICO: EndGard
JUGADOR: 0000.002
NIVEL: 01
CLASIFICACIÓN: Cuarzo
RAZA: Alada
EDAD: 5 Años
NOMBRE: Astraea
GÉNERO: Femenino
HABILIDADES: Resistencia Tóxica Nv 1
EXP: 0
MISIONES: 7
Me quedo mirando fijamente la cifra estática de mi nivel y ese desalentador cero en la barra de experiencia. Siento una punzada de rabia, pero tras unos segundos de contemplar el panel, obligo a mi mente a calmarse y a evaluar la situación de forma estratégica. El sistema no me dio experiencia directa, pero modificó mi estructura biológica para adaptarme al daño del veneno.
—Bueno... al menos tengo una habilidad real en mi repertorio ahora. Una herramienta de supervivencia que antes no poseía, así que... supongo que no me enojaré con el sistema por esta vez —digo, soltando un largo suspiro y relajando los hombros—. Pero esto solo confirma lo que ya sé, debo encontrar la forma de salir de este cuarto y subir de nivel lo más rápido posible si no quiero volver a pasar por una humillación y un peligro de muerte similares en el futuro.
Miro mis manos pequeñas, cierro los puños con una fuerza renovada y clavo mis ojos en la interfaz azul que brilla en la penumbra de mi prisión. El dolor en mi estómago ha desaparecido, reemplazado por la inmunidad de mi nueva resistencia y por una convicción absoluta que me quema por dentro.
—Entonces... ahora sí que sí. Prepárate, EndGard, porque voy a destruir y a subir este maldito nivel uno como sea.