Cuando la consciencia regresó a mí, lo hizo acompañada de una punzada sorda sobre la sien. No sabía que era lo que me había pasado ni qué hacía. Ni tampoco sabia siquiera dónde me encontraba. El único recuerdo que flotaba por de mente, frágil como un hilo a punto de romperse y algo borroso, era el resplandor de mi monitor; momentos antes de despertar en este lugar, me encontraba tranquila en mi habitación, jugando frenéticamente un videojuego online en mi computadora, pero...
Ahora, mi cuerpo entero gritaba en agonía. Mis músculos temblaban con un dolor punzante y desconocido, como si cada parte de mi cuerpo hubiera sido estirada hasta su límite, pero no entendía el porqué de lo que estaba pasando. Cuando intente moverme, sentí fuertemente una presión horrible tirando de mis omóplatos hacia atrás, era un peso muerto y abrumador que me tumbaba al suelo.
Cuando gire el cuello para mirar por encima de mi hombro. Me robo el aliento lo que vi. El impacto fue tan loco que mis rodillas cedieron de golpe, chocando la madera del suelo, dejándome completamente muda por el asombro.
Brotando de mi espalda, habían un par de alas de ave. No eran como unas alas ordinarias; sus plumas tenían un color prismático, que destellaban débilmente con tonalidades iridiscentes que parecían cambiar con el mínimo movimiento. Sin embargo, estaban su belleza original había sido profanada. Estaban terriblemente maltratadas, destrozadas y desplumadas en varias partes, luciendo como si alguien se hubiera ensañado arrancándoles las plumas a la fuerza, dejando parches de piel expuesta y heridas a medio cerrar. Aunque en ese estado de ruina y humillación, aun podían emanar su majestuosidad innegable.
Yo estaba temblando, pero me levanté poco a poco del suelo áspero y helado. Me sacudí con las manos los pedazos de trapos rasgados que llevaba puestos, unos harapos que apenas lograban cumplir la función de ropa y olían a humedad y abandono. Parecía una mendiga de la calle, jaja. Me senté con cuidado, abrazando mis propias piernas, mientras buscaba en lo mas profundo de mi cerebro que era lo estaba ocurriendo. Piensa, me decía a mí misma. ¿Dónde mierdas estoy?
Observaba mi entorno con el corazón latiendo desesperadamente. Estaba encerrada y no sabia en donde. El lugar no era más que un pequeño cuarto, sofocante y opresivo, con paredes de madera estrechas y astilladas. En uno de los rincones había una cama destrozada, con un colchón o solo un pedazo de tela que parecía relleno con paja vieja, cubierta por una manta mugrienta y acribillada con agujeros. Y el único contacto que había con el exterior era una ventana sellada de forma rudimentaria con unos grandes tablones clavados en forma de cruz. Por las rendijas de esa barricada apenas lograba colarse un hilo de los rayos del sol, débil, pero era lo suficientemente claro como para iluminar las partículas de polvo que flotaban en esta mierda que parecía una prisión.
Me acerqué a la ventana para ver que encontraría afuera, observando por una de las grietas entre los tablones. El mundo exterior era un desierto blanco. Todo, hasta donde alcanzaba la vista, estaba sepultado bajo una gruesa capa de nieve inmaculada. En el instante en que asomé el rostro hacia la rendija, el viento exterior coló su gélido aliento, golpeando mis mejillas como una bofetada de hielo puro.
Retrocedí, castañeteando los dientes. Corrí hacia la cama, agarré la manta andrajosa que apestaba a moho y me arropé con ella, haciéndome un ovillo como un bebé buscando calor. Fue en ese momento, al intentar acomodar la tela sobre mis brazos, que lo noté. Miré mis manos. Miré mis piernas. Este no era mi cuerpo. Era el cuerpo diminuto y frágil de una niña pequeña, de no más de unos seis años de edad. Mis manos eran diminutas, mi piel pálida, y mis extremidades carecían de cualquier tipo de fuerza.
Me dejé caer sobre las tablas crujientes de la cama, enrollada en la tela sucia, y me quebré. Empecé a llorar con sollozos incontrolables, lágrimas calientes que contrastaban con mis violentos temblores de frío. Lloraba como la niña que aparentaba ser, aterrorizada, perdida en un lugar desconocido, deseando con toda mi alma que esto fuera una pesadilla y poder despertar de nuevo en la seguridad de mi hogar. O, al menos, eso era lo que mi mente intentaba asimilar.
Cuando las lágrimas finalmente se secaron y mi respiración se estabilizó, la curiosidad superó al terror. Giré un poco el cuerpo para observar nuevamente las alas prismáticas que colgaban de mi espalda. ¿Qué se sentiría tocar algo así? ¿Eran reales? Estiré mi pequeño brazo derecho hacia atrás, flexionando con dificultad, solo para rozar tímidamente las plumas de las puntas y comprobar su textura.
En el instante exacto en que las yemas de mis dedos hicieron contacto con el plumaje prismático, una chispa eléctrica me recorrió el brazo y un destello de luz estalló frente a mí.
Di un salto hacia atrás por la impresión. Como seguía enredada como un gusano en la manta vieja, perdí el equilibrio y me fui de espaldas contra el suelo. Mi cabeza rebotó con un golpe seco contra la madera. Afortunadamente, mi poco peso evitó que fuera una herida grave, pero el golpe me dejó aturdida. Mis ojos ardían, completamente encandilados por la explosión lumínica repentina, dejándome la visión llena de manchas blancas.
Me estrujé los párpados con los puños con fuerza, intentando aclarar mi vista. Al abrirlos lentamente, enfoqué la mirada hacia el lugar de donde provenía la luz. Flotando en medio del aire lúgubre de la habitación, brillante con colores vibrantes y translúcidos, había un panel rectangular. Era idéntico a las interfaces de interfaz de usuario de los juegos de rol.
BIENVENIDO JUGADOR 0000.002 AL MUNDO FANTÁSTICO DE ENDGARD NIVEL: 01 CLASIFICACIÓN: CUARZO RAZA: ALADA EDAD: 5 AÑOS NOMBRE: ASTRAEA GÉNERO: FEMENINO HABILIDADES: EN DESARROLLO EXP: 0 ¡¡MISIONES 7!!
Sentí que mi cerebro estaba a punto de hacer un cortocircuito. Las palabras flotaban frente a mí, burlándose de mi lógica. ¿EndGard? Me encontraba físicamente dentro del mismo mundo de fantasía del videojuego que estaba jugando en mi habitación justo antes de este desastre.
Un momento, pensé, sintiendo un sudor frío recorrer mi pequeña espalda. Si este es el universo de EndGard... ¿eso quiere decir que mi personaje es...?
No. Era imposible. Aunque esas alas mutiladas tuvieran un vago parecido, nada encajaba. El nombre, Astraea, no era el mío. La edad no era la mía. Mucho menos las estadísticas de poder. Pero lo más aterrador estaba en esa pequeña cifra: NIVEL 01. En la cruel realidad de EndGard, ser nivel uno y pertenecer a la clasificación Cuarzo significaba ser escoria. Significaba ser tan débil, tierna y vulnerable que cualquier criatura de bajo nivel o cualquier aldeano furioso podría matarme y hacerme pedazos sin que yo tuviera la más mínima oportunidad de defenderme.
El pánico empezó a burbujear en mi pecho de nuevo, pero lo reprimí. Piensa como un jugador, me ordené. Si había un panel de estado, tenía que haber una forma de salir del pozo. Mis ojos escanearon el rectángulo luminoso hasta detenerse en la parte inferior. ¡Las misiones! Eso era. Si completaba misiones, ganaría experiencia y podría subir de este humillante y peligroso nivel 1.
Estiré la mano y traté de presionar el botón parpadeante que anunciaba las 7 misiones. Mis deditos lo atravesaron como si estuviera tocando el aire. Era un holograma intangible. Frustrada, lo intenté una, dos, cinco veces, pinchando el aire sin obtener ningún resultado. ¿Cómo funciona esta cosa?
Me detuve a analizar. Si lo físico no funcionaba, tal vez los comandos de voz sí. Aclaré mi garganta y, con una voz infantil y aguda que aún me resultaba extraña, ordené en voz alta:
—¡ABRIR MISIONES!
Funcionó. El panel flotante reaccionó a mi voz, emitiendo un zumbido agudo y brillando con una intensidad cegadora antes de expandirse. Varias ventanas secundarias se desplegaron, revelando la lista de tareas disponibles.
MISIONES DISPONIBLES
Aplasta-Slimes de gelatina: Destruir 3 bloques de hielo pequeños golpeándolos con un palo de madera. (+5 EXP)
Desalojo de arañas invernales: Limpiar con una rama las telarañas (escarcha densa) de las esquinas exteriores. (+4 EXP)
Flechas de hielo: Lanza 3 bolas de nieve seguidas dentro de un cubo pequeño a pocos pasos de distancia. (+5 EXP)
Fabricante de Munición: Moldear 10 bolas de nieve perfectas y apilarlas en forma de pirámide antes de que se congelen las manos. (+6 EXP)
Estatua del Guardián: Quedarse completamente congelada como una estatua de hielo durante 1 minuto completo. (+5 EXP)
Muralla del Fuerte: Construir una barrera de nieve que llegue a las rodillas para protegerse del viento. (+7 EXP)
Batalla contra el Rey Escarcha: Destruir un muñeco de nieve miniatura (el jefe) a base de manotazos y patadas. (+8 EXP)
Me quedé mirando el texto parpadeante, con la boca entreabierta. —¡¡Quééé!! —chillé, mi voz rebotando en las estrechas paredes de madera—. ¿Qué broma es esta? ¿Estas son mis grandes aventuras épicas?
No podía creerlo. Esas no eran misiones de supervivencia en un mundo de alta fantasía; eran literalmente juegos de patio para niños de preescolar.
Yo no soy una niña, grité en mi mente, indignada. Tengo la mente de una persona adulta, no voy a ponerme a moldear bolitas de nieve como una idiota.
Bajé la mirada hacia mis manitas temblorosas y sucias. Oh, espera. Físicamente, sí lo soy.
El nivel de humillación era asfixiante. Me levanté y comencé a dar vueltas en círculos por la pequeña habitación, murmurando quejas y maldiciendo al creador de este estúpido sistema una y otra vez. Caminé en círculos hasta que el mareo me obligó a detenerme y respirar hondo.
Tenía que tragarme el orgullo. Si hacer estas ridiculeces infantiles era el precio que debía pagar para dejar de ser un insecto aplastable, entonces lo haría. No importaba la humillación.
Volví a mirar la pantalla translúcida. —Veamos por cuál empiezo... —murmuré, deslizando mis ojos por la lista hasta detenerme en una que no requería salir a la ventisca—. Empezaré por esto.
Estatua del Guardián: Quedarse completamente quieta, congelada como una estatua de hielo durante 1 minuto completo. (+5 EXP).
Sonaba estúpidamente fácil. Solo tenía que quedarme inmóvil durante sesenta miseros segundos. Pan comido.
Me acerqué al centro de la habitación. Me senté en el suelo de madera vieja y helada, sintiendo cómo el frío del piso traspasaba la tela de mis harapos. Para evitar hacer trampa, tomé la manta andrajosa que me había estado abrigando y la arrojé encima de la cama destrozada. No quería ningún factor externo. Estiré mi pequeña espalda, acomodé mis maltratadas alas lo mejor que pude, miré fijamente al panel y dicté la orden:
—EMPEZAR MISIÓN.
Un cronómetro digital de color verde apareció flotando sobre mi cabeza, marcando los sesenta segundos.
Apenas habían transcurrido los primeros tics del reloj cuando entendí mi grave error. Sin la manta vieja, el frío de la habitación me golpeó con toda su furia. Era un frío calador, afilado, que se metía debajo de la piel y mordía directamente los huesos. Mi cuerpo infantil empezó a temblar involuntariamente. ¡Por todos los cielos, qué frío hacía! ¿Por qué demonios había sido tan arrogante de quitarme la manta?
Apreté los dientes, forzándome a no mover ni un músculo. Abrí los ojos, esperando ver que al menos ya había pasado medio minuto. El panel mostraba un número despiadado: no habían pasado ni 10 segundos.
Mi mente adulta quería luchar, pero mi frágil cuerpo de cinco años ya se estaba dando por vencido. El instinto de supervivencia me suplicaba que me levantara y corriera hacia la cama a envolverme en trapos. Cerré los ojos con fuerza, tratando de encontrar mi centro, concentrándome en la respiración para ignorar la tortura glacial. Pero era demasiado. Por dentro, estaba sollozando y lloriqueando como el bebé que aparentaba ser.
No, no puedo rendirme, me regañé mentalmente, apretando los puños tan fuerte que mis pequeñas uñas se clavaron en mis palmas. No me voy a dejar vencer por un maldito minuto de reloj. Aunque mi sangre amenazaba con volverse hielo en mis venas, iba a soportarlo a como diera lugar.
Apreté la mandíbula y resistí. Cuando el dolor se volvió casi insoportable, volví a abrir los ojos para mirar el panel flotante. El cronómetro marcaba 30 segundos. Solo iba por la mitad.
Mis extremidades estaban perdiendo sensibilidad. Sentía mis dedos adormecidos y mis labios rígidos. Parecía que la temperatura de la habitación había descendido repentinamente en el instante exacto en que activé la misión. El sistema de EndGard estaba jugando sucio, intentando quebrarme.
Pero yo no le daría el gusto a un estúpido panel brillante. No iba a permitir que este mundo me humillara más de lo que ya lo había hecho. No me rendiría, ni siquiera si me sacaran de este espantoso lugar a rastras.
Me enfoqué en la cuenta regresiva, que por fin empezaba a llegar a su fin. Mi mente gritaba animándome, reemplazando el frío con pura adrenalina y terquedad.
¡Solo faltan 10 segundos! ¡Yo puedo lograrlo! 5... ¡Ahí voy, falta poco! 4... ¡Lo lograré y lo celebraré como mi primera gran victoria! 3... ¡Soy poderosa, no me importan los obstáculos! 2... ¡Yo puedo! ¡Yo puedo! ¡Casi lo tengo! 1... ¡Yo pued—!
De repente, un estruendo ensordecedor me cortó la respiración.
La puerta de madera de la habitación se abrió de una patada violenta, golpeando contra la pared. Una sombra irrumpió en la estancia y, con la inercia del movimiento brusco, me embistió directamente por mi lado derecho.
El impacto me lanzó contra el piso. Rodé por la madera astillada. Sobre mi cabeza, el cronómetro verde parpadeó con un error rojo sangriento y el tiempo volvió a cero. ¡Misión fallida!
Todo mi esfuerzo, la tortura de soportar el frío infernal, mi fuerza de voluntad... Todo arruinado en el último maldito segundo. Me quedé tumbada en el suelo mugriento, con la mejilla aplastada contra el polvo y la madera, y me eché a llorar. No lloraba por el dolor del golpe —eso era lo de menos comparado con el frío—, sino por la profunda y amarga frustración de ver destruida mi primera pequeña victoria.
A través de mis lágrimas de furia, levanté la vista hacia el intruso que acababa de empujar la puerta y arruinar mi vida.
Era un hombre imponente. Su figura alta y elegante contrastaba grotescamente con la miseria de mi prisión. Llevaba ropas de gala de una factura impecable, telas finas y pulcras, blancas como la nieve virgen de afuera. Su cabello castaño estaba perfectamente peinado, pero lo que más llamó mi atención fueron las majestuosas alas que nacían de su espalda. Eran enormes, de un plumaje blanco inmaculado, resplandeciendo de salud y poder, un marcado contraste con mis pobres alas prismáticas despedazadas.
En sus manos, extrañamente incompatibles con su ropaje de noble, sostenía un plato de metal oxidado y sucio.
Me levanté del piso apoyándome en mis rodillas raspadas. Dejé de llorar, limpiándome las lágrimas y la suciedad del rostro con el dorso de la mano. Alcé la vista, estirando mi pequeño cuello para poder mirar a los ojos a ese hombre altivo. Mi mente bullía con preguntas llenas de intriga y sospecha: ¿Qué es este lugar? ¿Por qué estoy encerrada? ¿Quién eres tú?
Pero el hombre no me dio la oportunidad de abrir la boca. Su rostro, frío y esculpido en asco, no mostró ni un ápice de remordimiento por haberme arrollado. Sin mediar palabra, inclinó el plato oxidado hacia adelante y me lo arrojó directamente a la cara.
Una masa espesa, viscosa y de olor rancio se estrelló contra mis mejillas y resbaló por mi nariz y mi ropa, empapándome en una pegajosidad repugnante.
Me quedé congelada por el shock, parpadeando para quitarme la papilla asquerosa de los ojos.
El hombre de alas blancas me miró con una expresión de desprecio absoluto, como si estuviera viendo a la peor de las plagas.
—Esta es tu comida, fenómeno —escupió con una voz dura y cargada de odio.
Sin esperar respuesta, dio media vuelta. Su capa blanca ondeó detrás de él, y salió del cuarto, cerrando la puerta con tal fuerza que las paredes de madera temblaron y el polvo del techo llovió sobre mi cabeza.
El silencio volvió a devorar la habitación.
Me quedé allí, completamente sola, con el rostro cubierto de esa bazofia pegajosa, humillada hasta lo más profundo de mi alma. ¿Por qué ese odio tan visceral? No tenía recuerdos de esta vida, pero algo estaba dolorosamente claro: en este mundo, Astraea no era una niña normal. Según aquel hombre elegante, Astraea era un "fenómeno".
Apreté los puños con fuerza, ignorando el frío y la suciedad. Las lágrimas se detuvieron, reemplazadas por una resolución de hierro. Necesitaba descubrir por qué mis alas estaban rotas. Necesitaba saber por qué me odiaban. Debía encontrar la verdad detrás de esta condena y descubrir quién era realmente Astraea.
Mi antigua vida frente a la computadora había desaparecido. Ahora, mi verdadera aventura empezaba aquí, en este frío cuarto de madera, en un mundo donde, si sobrevivía, todo podría cambiar para mí.
¡Hola a todos! ¡Gracias por leer mi historia!
¿Qué les pareció el inicio de esta aventura? ¿Creen que Astraea logrará salir con vida de esta situación? Déjamelo en los comentarios. Por favor.