Me tiré en el suelo helado, frío como una paleta y me puse a analizar la situación.
El frío de la madera se me colaba por los trapos que llevaba puestos, congelándome el maldito trasero y poniéndome de peor humor.
Mi mente da vueltas solo por tratar de ver cómo carajos voy a salir de esta porquería de lugar.
Odiaba estar encerrada. Odiaba no tener respuestas, y sobre todo, odiaba este cuerpo débil que no me servía para una maldita cosa.
Miré a mi alrededor, repasando cada rincón vacío y lleno de polvo y escarcha.
El lugar todavía olía a humedad, a encierro y a porquería, como si no hubiera nadie. Este maldito cubo de madera inútil, es una trampa perfecta para ratas, y yo soy la rata principal. Pero no importa porque ya saldré de aquí.
—¿Cómo salgo de aquí? —decía en voz alta, escuchando el eco de mi propia voz —.
Mi voz sonaba patética, aguda y llena de un pánico que aún no quería y no debía admitir.
Me acerqué a la única salida obvia e intenté forzarla por milésima vez, pero el resultado fue el mismo fracaso constantemente. Y resulta imposible abrir la puerta normal, porque la porquería de cerradura no cede, y ni de chiste tengo la fuerza para tumbarla a golpes.
Miré mis brazos delgados y solté un bufido. Con estos malditos atributos de Nivel 1 apenas podía levantar mi propio peso, mucho menos romper madera maciza.
Solo debía encontrar una manera, una simple ruta de escape, pero no tenía absolutamente nada en este lugar que me sirviera como herramienta.
Revisé el suelo, rasqué la tierra escarchada y reseca en las esquinas, busqué en los bordes de las paredes buscando algo, lo que fuera.
Ni un clavo suelto, ni una roca. Nada. El lugar estaba completamente limpio de cualquier objeto útil, como si alguien lo hubiera vaciado a propósito solo para joderme la vida. Para colmo, las sombras en la habitación se hacían cada vez más largas. El sol, o lo que sea que iluminaba este maldito mundo de afuera, estaba bajando rápido.
Ya se estaba oscureciendo. El pánico empezó a burbujear en mi estómago. ¿Qué pasaba de noche en este lugar? ¿Aparecerán monstruos? ¿El frío me mataría? ¿Cuánto tiempo llevaré atrapada en este lugar desde que desperté? Mi cabeza daba vueltas tratando de calcular las horas. Podían haber pasado diez minutos o podían haber pasado tres días. El hambre me tenía el cerebro nublado. La noción del tiempo se me estaba escapando por completo.
Resignada, me acerqué y me asomé poco a poco a la única ventana del cuarto, intentando observar el exterior a través de las rendijas.
Los tablones estaban clavados de mala gana, pero lo suficientemente juntos como para bloquear casi toda la vista.
Apenas acerqué la cara, una ráfaga de viento helado chocó contra mi rostro, una bofetada invisible que me congeló hasta los mocos en cuestión de segundos.
Sentí cómo la humedad dentro de mi nariz se volvía hielo duro. Temblando, con los dientes castañeteando, puse mis manos entre los orificios de los tablones que bloqueaban la ventana, empujando y tratando de escabullirme por ese hueco.
Pero había un maldito problema gigante en mi espalda.
Mis estúpidas alas. Dos protuberancias enormes, pesadas y llenas de plumas destrozadas que no podía mover y que solo me servían para hacer bulto.
Traté de meter el hombro primero, pero mis propias alas se abrieron por inercia, chocando contra los bordes de la ventana.
—Vamos... —gruñía entre dientes, empujando mis hombros contra la madera áspera—. ¿Por qué no quepo? ¡Vamos!
La madera me raspaba la piel, y las plumas de mis alas se doblaban dolorosamente al ser aplastadas contra el marco de la ventana. Sentía cómo se me arrancaban de a poco, dañándose más de lo que estaban. Ahh... ¿Por qué diablos no puedo hacer algo tan simple? Tanto que me he esforzado, empujando y rasguñando, perdiendo plumas y despellejándome los brazos, pero no logro nada. El hueco era demasiado estrecho y mi cuerpo, con estas alas inútiles, era demasiado ancho.
Sentí un nudo en la garganta, una mezcla de rabia y ganas de llorar. No pude cumplir esa misión de mierda cuando desperté, y a este paso, ahora tampoco voy a poder cumplir el resto de las tareas que me lance esa porquería sistema.
Me sentía inútil, frustrada hasta la médula por no poder resolver algo tan básico como salir de una estúpida habitación. ¿Qué clase de protagonista de pacotilla era yo? Ni siquiera podía escapar de un cuarto de madera vieja.
Tanto insistir, tanto forcejear para salir por ese diminuto orificio entre los tablones, que de golpe se escuchó un crujido seco. El sonido me heló la sangre por un milisegundo. Antes de que pudiera reaccionar o dar un paso atrás, uno de esos desgraciados tablones se desprendió por completo de los clavos oxidados y me cayó directo en la cabeza.
¡PUM!
El impacto fue brutal. Vi estrellas blancas bailando frente a mis ojos y el dolor me atravesó el cráneo como un relámpago.
—¡Ay, ay, mi cabecita! —grité, llevándome las manos al cráneo—. ¡Qué mierda me golpeó!
Y entonces, como si el universo no me odiara lo suficiente, un maldito sonido metálico resonó en mis oídos. ¡DING! la pantalla azul translúcida apareció flotando brillante justo enfrente de mis narices.
[SISTEMA: Has recibido impacto de objeto contundente. Defensa Física insuficiente.] [-5 HP] [Salud Actual: 45 / 50 HP]
¿Es una puta broma? ¡Este sistema de porquería me está quitando vida por ser torpe! Pero esto es raro, antes no apareció este panel, ni siquiera cuando me intoxique ¡Uhhn! Pero bueno que mas da eso ya no importa. Apreté los puños, ignorando el rectángulo azul flotante que se desvanecía en el aire, y miré al suelo frotándome el tremendo chichón que ya me estaba latiendo en la frente como si tuviera un corazón propio ahí metido.
—¿Qué? ¿Se despegó la tabla? —Solté una risa seca y amarga—. Jaja, qué estúpida fui. En vez de revisar cómo estaba la madera antes de empujar como loca, me habría ahorrado este golpe.
Me quedé mirando el pedazo de madera podrida en el suelo. El panel me había humillado y el golpe me dolía como el infierno. La rabia me cegó por un segundo. La frustración acumulada estalló de golpe. Miré el tablón tirado en el suelo como si fuera mi peor enemigo, el culpable de todas mis desgracias en esta miserable existencia.
—¡Ay, ay, madera de mierda! ¡Ah, toma! —grité, y le solté una patada con todas mis fuerzas.
Iba a partir esa tabla en dos, iba a hacerla astillas para desquitarme.
Pero en el instante en que mi pie descalzo chocó contra el tablón macizo, me di cuenta del gravísimo error de patear madera sólida sin zapatos y con nivel 1. Sentí cómo se me torcieron los dedos hacia atrás. Un crujido sordo me subió por la pierna, acompañado de un dolor punzante y eléctrico que me nubló la vista por completo.
—¡Ahhh! ¡Ay, mi pie! ¡Buaaa! —Lloraba otra vez, chillando como un bebé al que le quitan su juguete.
¡DING! Sonó de nuevo el puto sonido.
[SISTEMA: Auto-lesión detectada por daño contundente auto-infligido.] [-3 HP] [Salud Actual: 42 / 50 HP]
¡Vete a la mierda, estúpido sistema! Perdí el equilibrio y me caí de nalgas al piso en el momento exacto en que me aporrié el pie. Me quedé ahí tirada, agarrándome los dedos palpitantes, balanceándome de un lado a otro como un gusano moribundo.
¿Qué carajos me está pasando? Ay, ay. Parecía una comedia barata donde yo era el chiste. Me duele todo el bendito cuerpo, tengo el estómago vacío rugiendo de hambre, y estoy cansada a más no poder. Las alas me pesaban en el suelo, la cabeza me latía al ritmo de mi corazón, y el pie sentía que lo tenía en llamas. Estaba a un paso de rendirme y dejarme morir en este piso roñoso.
Pero entonces, en medio de mis lágrimas de niña berrinchuda, levanté la vista y vi el hueco perfecto que había dejado la tabla al caer. El aire helado entraba libremente, pero ya no había obstáculos. Era ancho. Era una salida real.
—Pero ahora... ahora podré salir —grité, secándome las lágrimas con el dorso de la mano y apretando los dientes para ignorar el dolor del pie y la advertencia de mi salud bajando.
No iba a dejar que un chichón y unos dedos torcidos me detuvieran.
Me levanté del suelo helado, cojeando un poco, apoyando solo el talón, y me arrastré por la ventana.
Pasé mi cuerpo a través del espacio que quedaba entre los tablones rotos. Fue una maniobra asquerosa. Mis alas chocaban y se raspaban contra las astillas y las esquinas de la ventana. Las malditas plumas se enredaban en la madera astillada, tirando de mi piel en la espalda, incomodándome un montón, pero ya no me importaba. Si tenía que quedarme aún más calva de las alas para salir de aquí, lo iba a hacer.
El frío del exterior me golpeó la cara, pero olía a nieve fresca y no a encierro. Ya casi salía, ya sentía la libertad rozándome los dedos.
—¡Voy! Ahh...
Hice un último esfuerzo con los brazos y me impulsé hacia adelante.
Salté hacia adelante, libre al fin. Sentí el viento en mi cara y por un segundo me sentí invencible. Pero en la emoción de haber superado ese maldito agujero, no me había fijado en un pequeño y mortal detalle. La ventana estaba un poco alta. El suelo no estaba ahí mismo. Y mis estúpidas alas no respondieron a mi cerebro, no aletearon para frenarme, solo se quedaron ahí rígidas en mi espalda. Caí en picada como una roca inservible y me estrellé de cara, enterrándome por completo entre un montón de nieve fría y pálida.
El impacto fue algo sordo y húmedo, pero sobre todo helado.
—¡Uhh! ¡Me congelo! —balbuceé, tragando nieve que se me metió por la boca y la nariz.
El frío me apuñaló los pulmones de golpe. Mi cara estaba completamente tiesa, los labios los tenía morados, y duros como piedra. Intenté levantarme de la nieve, o al menos eso era lo que mi cerebro le ordenaba a mis músculos asustados, pero al ser tan pequeña de estatura, mis piernas se hundían sin encontrar un fondo sólido.
No podía levantarme muy por encima del nivel de la nieve; era como estar nadando por un océano blanco y helado que me tragaba viva. Cada vez que intentaba dar un paso, mis pies cojos se hundían más profundo.
Y para rematar mi miserable existencia, mis alas, que hasta ahora solo habían sido un estorbo por el tamaño, se convirtieron en mi peor maldición. La nieve se pegó de inmediato a las plumas que me quedaban.
Al intentar moverme, las alas absorbieron la humedad congelada, volviéndose pesadas como dos yunques atados a mi espalda, empujándome hacia abajo.
¡DING! La luz azul volvió a destellar en medio de la tormenta blanca, iluminando los copos de nieve que me caían en los ojos.
[ADVERTENCIA. Condiciones Climáticas Extremas Detectadas.]
[Estado Alterado Infligido: Congelamiento Nivel 1]
[Efecto: -1 HP cada 60 segundos hasta encontrar refugio o calor.] [Salud Actual: 41 / 50 HP]
Qué frío hace... El maldito sistema me estaba avisando que me iba a morir lentamente, como si yo no lo pudiera sentir por mí misma. Incluso con esta ropa de paja que llevo puesta, me estoy muriendo de frío.
Los finos hilos de la tela no servían de nada, el viento los atravesaba como si estuviera desnuda. Mierda, no pensé que esto podría pasar al salir. Creí que salir sería la salvación, no el inicio de un cronómetro mortal.
Debo salir de entre esta nieve o me voy a congelar aquí mismo como una estatua, y el sistema simplemente va a ver cómo mis puntos de vida llegan a cero.
El clima no perdonaba. No había piedad en este lugar. La nieve seguía cayendo a montones desde el cielo gris, oscura e interminable, acumulándose cada vez más sobre mis hombros y mis alas. Ya no sentía las puntas de mis alas, solo sentía el peso mortal que me tiraba hacia el suelo, tapándome a cada segundo que pasaba y enterrándome en una tumba blanca.
—Vamos, debo ir a un sitio donde no haya tanta nieve —me decía a mí misma, con los dientes castañeteando tan fuerte que sentía que se me iban a romper—. Mueve las piernas... muévelas.
Si me quedaba quieta, estaba muerta. Literalmente, el sistema me descontaría un HP tras otro hasta que mi corazón dejara de latir. Arrastrando las malditas alas llenas de hielo, alcé la vista, entrecerrando los ojos contra la ventisca que me cortaba la cara como navajas minúsculas.
A lo lejos, muy a lo lejos a través de la tormenta implacable, se observaban unas luces algo borrosas. No sabía qué eran. No me importaba si eran monstruos, fuegos fatuos o una maldita fogata; era un destello amarillento que prometía calor.
El parpadeo lejano de esa luz fue suficiente para que mi cerebro mandara una última orden desesperada a mi cuerpo.
—Debo ir para allá... —me dije a mí misma en un susurro congelado, el aliento saliendo en una nube blanca y espesa de mi boca morada—. O si no, me congelaré aquí mismo y todo esto habrá sido en vano.
Dejé de intentar caminar sobre la nieve porque era inútil, pesaba demasiado. Me arrastraba por la nieve, usando mis manos congeladas y mis rodillas adoloridas, avanzando poco a poco, centímetro a centímetro. Mis alas iban dejando un surco profundo detrás de mí, como el arado de un granjero, como si pesaran toneladas de hielo puro, por lo congeladas.
¡DING! El panel brilló en la esquina de mi visión.
[-1 HP. Salud: 40/50].
El reloj corría. El dolor en mis dedos del pie torcido ya había desaparecido, reemplazado por un entumecimiento espantoso.
La frustración y el instinto de supervivencia me daban calor. Un calor interno nacido de pura rabia de no querer morir de una forma tan humillante y patética en los primeros malditos minutos de estar aquí.
—Debo llegar... —murmuraba con rabia, fijando mi vista inyectada en sangre en esas luces que parecían no acercarse nunca—. Debo llegar para poder hacer esas misiones de mierda y subir de esta porquería de nivel 1.